jueves, 29 de septiembre de 2011



RÁPIDO TRÁNSITO
Prosa de José Coronel Urtecho. 
Editorial Nueva Nicaragua, 1985. 
(Pequeña nota crítica,  después de una rápida y tardía lectura)



Para Luis Rocha quien tuvo la gentileza de obsequiarme un ejemplar.

Manuel Obregón S.

“A veces un viejo búfalo con cuernos como dos lunas nuevas” “Dos volcanes como  tiendas de circo” “Algún vapor que venía tosiendo corriente arriba” “ Una descarada luna como un reloj sin horas ni manecillas”[José Coronel Urtecho]

La lujuria es un exceso en las relaciones carnales y en algunos casos tiene algo que ver con la literatura. Recordemos al Marqués de Sade y todo se entiende.  No voy a referirme al  tema, porque no viene al caso, pero sí al uso del término de manera figurada.  La palabra me viene a la mente al leer Rápido Tránsito de nuestro maestro de prosa y verso  JCU.  Él mismo nos da la idea al subtitular su obra como “Al ritmo de Norteamérica”, es decir, a la velocidad  de  los americanos. Y todos sabemos que la vida ahí es de carrera. Se va al trabajo de carrera, se come de carrera y es posible que hasta el amor se haga apresurado. Para JCU toda América es poesía. Hay demasiadas cosas que ver y describir, pero sobretodo sentir. No se puede ir lento porque se pierde el objeto y el sujeto, y todo es tan vasto que aunque le pongamos el acelerador no es posible relatarlo todo.

Entonces hay que ir a la par, como mínimo, a la velocidad del tren o de  la engañosa  velocidad de los postes que vemos  en contraria. JCU decide ir al máximo y entonces se prepara para darnos una crónica que es como soltar las palabras, que se hacen palomas,  en un asustadizo vuelo  en un patio asoleado, o semejante a los caballos salvajes  que todo lo tropiezan en la huída, o el río que se desborda en invierno y arrasa con puentes piedras y sembradíos, es en esencia una prosa lujuriosa que no sacia su apetito de ver y de decir, en ese afán de abarcarlo todo. En ella hay prisa, arrebato, tabletear de palabras como si fuesen balas salidas de una ametralladora. Tiene esa virtud de subir y bajar y volver a subir y luego irse por veredas para encontrar más adelante el camino buscado. De llevarnos en volandas, en ondas, en ritmo, como las olas agitadas, así se  mueven sus palabras. No está compitiendo con nadie, claro, pero empuja la escritura como si se fuese a agotar el paisaje, la persona o el personaje, el momento, el detalle, el gesto, o como si la luz se  desvaneciese frente a sus ojos. En partes es un prosema, con unas metáforas insospechadas, que saltan como peces sorprendidos o juguetones. Decir que es locuaz es decir nada, que es rápido no lo retrata, que embroma, que goza de su composición, que a veces es mago ya nos aproxima pero no lo define. Más que veloz es velocísimo, se esconde donde no lo vemos, se fuga donde es imposible atraparlo, es ángel y es duende, un chiquillo travieso que engaña a pequeños y adultos. Quien no lo ha leído de lo que se pierde.

Son siete crónicas o textos que reflejan su experiencia de vivir en los Estados Unidos, estimo yo,  en el primer cuarto del pasado siglo. Parte como estudiante y como residente con su familia.

En “Viajeros en el río” [su experiencia en el San Juan de Nicaragua] le vienen los recuerdos de su niñez y compara esos años con lo que hoy le deslumbra [el río Mississippi]. En Mis “gay twenties” nos lleva a su vida en California con su madre y hermana y las múltiples amistades juveniles. Luego vendrá su incursión en la poesía americana en “Nueva poesía americana” y nos hablará de los grandes: Poe, Whitman, Carl Samburg, Ezra Pound, Vachel Lindsey, Edgard Lee Master, Robert Frost, y otros. En  “El Viejo Nueva Orleans” no nos habla como turista sino como el viajero que ha oído hablar del Río Mississippi y su majestuosidad y de Mark Twain y nos recordará que ese famoso escritor pasó una vez por Nicaragua  por la ruta del tránsito durante la fiebre del oro en California. “Memorama de Gotham” [o Gotham Book Mart] la librería  en el número 51 de la Calle 47 West, nos introduce en el torbellino de Nueva York y de su vida cultural. Siempre unido por la literatura a la vida de ese país, dedica su sexto ensayo a “Un poeta en nuestro tiempo” que es una continuación de lo que ya nos dijo en la Nueva poesía americana, esta vez profundizando en los testimonios de sus contemporáneos sobre la vida y obra de estos poetas y por último en “Peregrinación relámpago” nos cuenta sus viajes por las ciudades o pueblos donde vivieron estos seres privilegiados por el don de la palabra. Deja Nueva York y se va a Nueva Inglaterra donde visitará las casas que habitaron los grandes de la literatura, no solo poetas sino narradores de ese país. Así lo vemos en compañía del joven entonces Ernesto Cardenal peregrinando a la casa de Emerson, de R. Frost, Longfellow, Amy Lowell, Hawthorne, y Thoreau.

Termino transcribiendo lo que escribo al final del libro,  como acostumbro siempre resumir mi experiencia como lector,  en este caso, de Rápido Tránsito: José Coronel Urtecho es la lengua que habla. Una danza, un torbellino, una tromba, un desborde, un tropel, una lujuria, de la palabra. 



MOTIVANDO LA CONVERSACIÓN




Henry A. Petrie

Quizá, al venir aquí, me ha motivado la necesidad de conversar, de intercambiar puntos de vista con personas como ustedes, que también andan buscando respuestas. Entonces, tanto ustedes como yo estamos en las mismas condiciones, al final somos aprendices, indagadores de la información y el conocimiento, investigadores de la verdad que se multiplica y deriva en tantas otras verdades, conocidas y desconocidas, escritas y no escritas, aceptadas y rechazadas.

Y como para empezar una conversación alguien tiene que asumir el papel de Emisor, me atreveré a expresar unos cuantos elementos para que luego intercambiemos lo que corresponda.

Propongámonos hablar un poco de literatura, ficción, realidad y comunicación lógica.

Dentro de la literatura voy a referirme a la creativa, particularmente aquella que hace uso de la forma poética, el cuento y la novela; formas donde no necesariamente se grafica la realidad tal cual es o se manifiesta, pero de la que podemos tomar algunos elementos, sin que esto quiera decir que lo escrito sea algo comprobable. Estamos refiriéndonos a la ficción, es decir, fantasear, imaginar, crear elementos reales no pertenecientes a la realidad objetiva; nos referimos a sucesos hilvanados a capricho de alguien, imágenes afanosamente laboradas. La literatura, desde mi punto de vista, es eminentemente ficción, expresión estética, libertad.

Nadie puede dictarnos qué escribir y cómo hacerlo, qué tema escoger, qué es bueno y qué es malo. En literatura no pueden existir reglas.

En mi caso particular, cuando alguna imagen, alguna idea se aloja en mi mente y me empuja a darle forma literaria, me siento un dios, un conocedor de todo, con pleno albedrío en la aventura de hilvanar una historia, construir personajes. Es más, hasta puedo darme el lujo, siendo un dios frente a mi propia creación, de dar entender que soy el más imbécil de los hombres y que por tal razón uno de los personajes se escapó de mi dominio, mofándose de mí, ridiculizándome; y al dar entender esto, debo tener entre manos un propósito mayor, ¿cuál?, de eso se trata, de hurgar en la trama, en el conflicto que crea ese dios caprichoso llamado Escritor.

Así es la literatura, juego de imágenes, laboratorio de la palabra que se vuelve substancia, que se hace, se transforma y transgrede el tiempo, creando, inventando, recreando, hurgando y confeccionando extraños, recatados o inverosímiles personajes.

La realidad es tomada como un referente transgredible, burlable y hasta moldeable a la voluntad del escritor.

Claro, el escritor escribe una verdad estética, una verdad contenida en su propia trama y nadie ha de negar que la historia contada no es real y concreta. Existe porque fue escrita, aunque sea hija de la ficción, de la imaginación. Nadie puede negar que no existe Hamlet de Shakespeare, o Caupolicán de nuestro Rubén Darío, o La metamorfosis de Franz Kafka, o Cien años de soledad de García Márquez, o Canto de guerra de las cosas de Joaquín Pasos Argüello, o Trágame tierra de Lizandro Chávez Alfaro, entre muchísimas obras de la literatura universal y local.

De alguna manera sabemos de Don Quijote de la Mancha, ese ingenioso hidalgo que a veces lo vemos representado en las calles de nuestra ciudad, en nuestros barrios o en los pasillos de la universidad; también no dejamos de identificar a un ferviente enamorado de alguna bondadosa muchacha como el Romeo de nuestros tiempos; ¿acaso no hemos escuchado acerca de Macondo? En fin, estamos hablando de personajes que han calado tanto en la realidad, que ahí andan de un lado a otro, representando sus papeles. A Macondo lo vemos ahí, en algún pueblo precario donde el infierno y el cielo se mezclan con el abandono, “un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico”, como se describe en la novela. Macondo puede ser nuestro país, carcomido por la ceguera del poder y la gula financiera, por el caudillismo y la corrupción.

Esas grandes obras, aunque surgidas de la imaginación de sus autores, se han constituido en hermosos complejos del arte y han adquirido vida propia. Son verdades en sí mismas que nos muestran estéticamente su mundo, nos comunican emociones, intenciones, situaciones vitales que se dan en lo más profundo del ser humano.

Y aquí entramos quizá, a un conflicto: ¿El lector debe creer en las historias que contamos los escritores? ¿Hasta dónde representamos fielmente la realidad? Cuando yo leo una novela o un cuento no suelo creer que el narrador me va contar un suceso verídico −aunque éste lo haya inspirado− o que me va a informar acerca de un hecho noticioso objetivo. Acudo a este tipo de lectura con la expectativa de sumergirme en su mundo, que me relacione con sus personajes, que me atrape en su urdimbre de imágenes, en su hilvanación imaginativa. No busco en la literatura −creativa− el análisis de una coyuntura política que el país o el mundo esté viviendo, ni conocer una versión lógica o acomodada de algún episodio histórico.

Cuando me dispongo a leer, por ejemplo, La insoportable levedad del ser, del checo Milán Kundera (1929), o La sonrisa etrusca del catalán José Luis Sampedro (1917), o Elperfume del alemán Patrick Süskind (1949), sé que me va a comunicar, a contar, a transferir algo muy distinto al texto científico, al llamado y adorado sentido común, al que se aferran muchos.

Ahora, cuando estoy sumergido en la creación de un escritor agudamente imaginativo, ¿quién dice que aquello que está siendo narrado o contado, no puede ser identificado como verdad en la experiencia de vida de cualquier ser humano? La literatura es un universo libre y antojadizo, aleatorio, multidireccional. En la mente humana suceden tantas cosas que pueden volverse tangibles, ciertas y concretas mediante el acto de la escritura. Y es que escribir es la manifestación de un estado de la consciencia humana, de un Yo que surge desde lo profundo de nuestro ser, la alquimia de nuestras sensaciones y emociones, el acto de la creación.

Al respecto cito un fragmento del discurso de Víctor Hugo, ese gran poeta romántico francés, autor de Nuestra señora de París (1831) y Los miserables (1862), que pronunciara en el entierro de otro grande y universal de la literatura, Honorato de Balzac (Francia, 1799-1850), dice:

“Todos sus libros no forman más que un solo libro, un libro vivo,
luminoso, profundo, en el que vemos ir y venir, andar y moverse
con un no sé qué de turbador y de terrible mezclado con lo real,
toda nuestra civilización contemporánea; un libro prodigioso que el
poeta tituló Comedia y que hubiera podido titular Historia”.
Hugo se estaba refiriendo a La Comedia Humana, serie de 97 novelas que ponen de manifiesto la imaginación y la capacidad de Balzac para crear otro mundo completo que rivalice con la realidad. No le bastaba el universo tal como lo apreciaba y se propuso algo nuevo.

Rodín, quien esculpió una estatua del escritor en mención, afirmó con palabras poéticas:
“Fundador de generaciones, pródigo sembrador de destinos, 
era el hombre cuyos ojos no necesitaban nada de lo creado: 
si el mundo hubiese estado vacío, sus miradas lo hubieran 
hecho brotar”.

Pero continuemos citando. Ahora con un escritor más cercano que creyó o supuso que los hombres tienen necesidad de vivir según su pequeña lógica humana, Franz Kafka (Praga, 1883-1924), dijo:
“El hecho de estar solo tiene, sobre mí, un poder infalible, 
mi interior se disuelve y se dispone a dejar que surja algo 
más profundo”.

En toda obra escrita se nos comunica algo que no necesariamente es lógico desde la actividad o experiencia humana habitual. No se trata de un saber abstraído, que desecha lo que no se ajusta a referencias objetivas del procedimiento científico.

Un caso particular: la noticia siempre debe ser objetiva, válida, verídica; elaborarse a partir de lo que realmente sucedió en un lugar y tiempo concreto, involucrando a personas reales, ya sea como víctimas de algún atraco, como corruptos, inmunes o impunes, como agentes de violencia, delincuencial, actores constructivos, algún fenómeno natural, algún desastre provocado por el hombre, entre muchos otros. Igual sucede cuando se escribe acerca de algún episodio histórico, cuando se profundiza en una tesis filosófica, sociológica, psicológica o económica.

La comunicación lógica nos entrega información y conocimientos sometidos a cierto rigor científico, no admite fantasear ni especular.

Sin embargo, y eso es lo fascinante de la literatura; de toda comunicación lógica, de todo hecho verídico, real, concreto, se puede tomar elementos para la exploración imaginativa y creativa del escritor, adulterando su esencia o metamorfoseando su contenido. La diferencia, precisamente, está en que la literatura siempre será ficción y las formas de la comunicación lógica siempre estarán referida a las leyes de la ciencia, al rigor de la experimentación objetiva, de la evolución cognoscitiva de la humanidad. Pero al fin y al cabo, ¿no estamos hablando de comunicación?

No podemos olvidar que en Julio Verne (Francia, 1828-1905) tenemos una de las imaginaciones más fértiles de la literatura. Con su obra se adelantó a la era espacial y los mayores progresos de la técnica. Recuérdese: De la Tierra a la Luna, Viaje al centro de la Tierra, Alrededor del mundo en ochenta día, Veinte mil leguas de viaje submarino, entre otras obras. ¿Quién le diría a Verne que tiempo más tarde el ser humano llegaría a la Luna, que se enviarían sofisticados aparatos a explorar el cosmos, que se fabricarían poderosos aviones, submarinos nucleares y se efectuarían
importantes estudios que nos ha incorporado mayor conocimiento acerca de la composición del núcleo terráqueo? En aquel tiempo sus obras eran ficción, pero ya ves, la posteridad las convirtió en grandes premoniciones.

Al escritor no lo anima la profecía, sencillamente cuenta, narra desde su imaginación, desde las imágenes de su mundo mental, interior. Un mundo sólo ideado por él, donde incursiona y transgrede los tiempos, especulando hacia el futuro, pero nunca para que sus verdades estéticas sean comprobadas como en las ciencias.

Yo podría narrar mi viaje fascinante a un determinado cuadrante cósmico donde encontré una civilización más evolucionada que la nuestra, a millones de años luz; esta civilización, desde mi aventura, es la verdadera conocedora de los misterios de la creación del universo y la vida; ahí, fíjense, en ese mundo, y no les estoy mintiendo porque lo viví, porque ahí estuve, un ser luminoso me hizo el amor de manera extraña, inolvidable y me fascinó tanto que ahora así lo ejerzo con las humanas, ¿pero saben qué?, aquel ser −que de seguro era femenino− se embarazó y parió una hermosa criatura, una mezcla de ese ser de allá y de mí que soy de aquí.

Así es que una parte de mí está a muchos millones de años luz de este mi planeta, y
aún siento en mi piel sus sedosas caricias. La luz de aquel astro sólo alcanzo a verla
en el infinito de mí.

Lógicamente, lo anterior es una ficción, pero ¿estaremos lejos de que a nuestro entendimiento se nos descubra lo desconocido, lo que hoy a todas luces es improbable, indemostrable, imponiéndose como descomunal verdad?

Escribir una novela, un cuento, una poesía es volar, dar rienda suelta a la imaginación. Nada que ver con profecías, propiamente dichas.

En definitiva, la literatura cumple una función comunicativa relativa al entretenimiento, a la transferencia de puntos de vista, al abordaje creativo de alguna complejidad psíquica del ser humano, sin que necesariamente se convierta en algún tratado, aunque perfectamente podría ser objeto de estudio por la ciencia, también. El significado que la locura tiene para el artista o el escritor, difiere del que puedan tener los psicólogos. Una sociedad en literatura puede abordarse desde patrones nada lógicos como podría ser estudiada por los sociólogos. Pero en cada significado pueden haber muchas verdades, una de ellas: el conocimiento es infinito, dinámico, y todo ser humano puede construir sus propios mundos, algunos de los cuales han de adquirir tal trascendencia que la posteridad podría asumirlos como inobjetables. Es decir, podríamos estar ante la tentativa de lo multidimensional de la realidad, por tanto, de la verdad.

Recordemos que las más grandes e importantes invenciones en el mundo, han tenido un punto de partida primario y esencial: la imaginación. Y para procurar la evolución humana, se ha requerido de ella para materializar sus propias condiciones
de existencia.

En la dinámica de la vida humana y en su interrelación con la naturaleza –el cosmos es naturaleza− el enigma, la incertidumbre, la angustia y la duda son grandes impulsores del conocimiento y las ciencias en general; son irremediablemente los calderos donde tiene lugar la creación literaria y artística. He ahí el punto vinculante.

La búsqueda de la verdad
Lo que hoy es ficción, en el transcurrir del tiempo, puede convertirse en una gran realidad objetiva, materializada. Aunque no toda obra de ficción está obligada a convertirse en algo real, si no es en sí misma; en su unidad.

La función que la comunicación tiene en estas relaciones múltiples, es la misma que tuvo el hombre de las cuevas al grabar su visión del mundo natural: expresar, representar el mundo en cualquiera de sus formas.

Y así, ya sea cuando contamos oral o por escrito; cuando ficcionamos oconceptualizamos con una determinada lógica; cuando se nos informa o hacemosinterpretaciones y especulaciones; cuando nos sometemos a determinadas leyes o nos entregamos a la imaginación; a través de la forma que escojamos para expresarnos o comunicarnos, estamos en esencia transfiriendo un punto de vista, una forma de ver el mundo en el ánimo de una búsqueda inmensurable e inmarcesible de un algo que golpea lúdicamente nuestras concavidades cerebrales.

Y concluyo con un fragmento de El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder (Oslo, 1952), una sorprendente novela acerca de la historia de la filosofía: “Podría ser, naturalmente, que el universo hubiera existido siempre; en ese caso, no sería preciso buscar una respuesta sobre su procedencia. ¿Pero podía existir algo desde siempre? Había algo dentro de ella que protestaba contra eso.

Todo lo que es, tiene que haber tenido un principio, ¿no? De modo que el universo tuvo que haber nacido en algún momento de algo distinto.

“Pero si el universo hubiera nacido de repente de otra cosa, entonces esa otra cosa tendría a su vez que haber nacido de otra cosa. Sofía entendió que simplemente había aplazado el problema. Al fin y al cabo, algo tuvo que surgir en algún momento de donde no había nada de nada. ¿Pero era eso posible? ¿No resultaba eso tan imposible como pensar que el mundo había existido siempre?

“En el colegio aprendían que Dios había creado el mundo, y ahora Sofía intentó aceptar esa solución al problema como la mejor. Pero volvió a pensar en lo mismo. Podía aceptar que Dios había creado el universo, ¿pero y el propio Dios, qué? ¿Se creó él a sí mismo partiendo de la nada? De nuevo había algo dentro de ella que se rebelaba. Aunque Dios seguramente pudo haber creado esto y aquello, no habría sabido crearse a sí mismo sin tener antes un “sí mismo” con lo que crear. En ese caso, sólo quedaba una posibilidad: Dios había existido siempre. ¡Pero si ella ya había rechazado esa posibilidad! Todo lo que existe tiene que haber tenido un principio.

“ ⎯ ¡Caray!
“Vuelve a abrir los dos sobres.
“¿Quién eres?”
“¿De dónde viene el mundo?”
“¡Qué preguntas tan maliciosas! ¿Y de dónde venían las dos cartas? Eso era
casi igual de misterioso.
“¿Quién había arrancado a Sofía de lo cotidiano para de repente ponerla ante
los grandes enigmas del universo?”

Entonces, ahora conversemos.


TRES ENFOQUES SOBRE LA NOVELA 
“EL ORÁCULO DE LA EMPERATRIZ”           
  
LA NOVELA DE LOS ESCRITORES  
Y SUS ELEMENTOS TÉCNICOS










Alfonso Morales

       Ya tenemos novela los escritores y de qué textura se armó la trama de los poetas: un prólogo de SRM sobre la vida y la poesía de CMR ─vean la cercanía de SRM-CMR─ y su casa en Altamira a donde llamaron Graham Greene y Mario Vargas Llosa para hablar con el prodigio de la poesía en Nicaragua. Y uno ha de preguntarse quién produjo esta novela: si Carlos Martínez Rivas con sus grandezas literarias y pobrezas humanas, si Sergio Ramírez Mercado con su Horno al Rojo Vivo contra el veto, si Persisterino con sus persistencias en el poder, si Emperatriz con su oráculo personal como el de Delfos en Grecia en la falda del monte Parnaso, dedicado a Apolo y al cual acudían los griegos para preguntar a los dioses cosas inquietantes de la vida, o si fue Guillermo Cortés Domínguez, el médium, el clarividente con facultades paranormales y extrasensoriales que recogió y juntó estos espíritus en forma de libro.

       Sea como fuere, los escritores ya tienen su novela. La tienen los abogados, los médicos, los políticos, los guerreros, los enamorados, los cuerdos, los locos, los aviadores, los envenenadores, el hampa, el ángel, la mujer, las heroínas, los libertadores, el policía, el investigador. Basta echar una ojeada a El abogado del diablo, La doctora Cole, Educación sentimental, El Quijote, Madame Bovary, Sangre Santa, Castigo divino, El sueño del ángel, La mujer habitada, El Principito, La noche de los anillos, Huérfanas de la guerra, El concepto de la angustia, Las aventuras de Sherlock Holmes, para saber que faltaba la novela de uno de tantos como bien escribió Rubén Darío. Se acabó la casa de herrero con cuchillo de palo, porque a buen hierro ha de crecer este árbol de poetas y prologuistas.      

       Guillermo Cortés Domínguez (1956), periodista y novelista jinotegano, a través de ciertas técnicas como la parodia, el carnaval, la caricatura, la retrospección y los paralelismos en su novela El Oráculo de la Emperatriz (2011), reivindica el oficio de escritor y su función social en la vida, la libertad y la filosofía del pueblo y eleva a voz profética la palabra de los literatos del universo. Y en su desarrollo el novelista aborda algunos temas como la política de un gobierno, la literatura, las creencias y supersticiones y los grupos secretos del poder, como obsesión por mantener las reglas y normas de la cúspide.

       En su obra, Guillermo Cortés usa la parodia para presentarnos hechos o realidades nacionales de forma caricaturesca y llena de humor, inventando sueños, creando situaciones, recreando los días cotidianos con pujante literatura. Aquí, no importa mucho, el hecho real, sino que a través de la interpretación humorística del novelista, descubrimos la emulación o la alusión irónica de esa realidad conocida en el país. Esa realidad muchas veces encubierta por las bondades oficiales es trastocada en su inversión paródica y muestra su fuero interno e inofensivo, rasgo esencial de las debilidades humanas. Observe:

       ─Amor, ya me di cuenta qué es lo que en realidad me molesta de la solicitud de Fulgencio para que le revise el prólogo que le escribí.
       ─Para serte franca, yo no le di importancia a eso. Es cuestión de quitar tres o cuatro párrafos, y ya está.
       ─Eso pensé al comienzo, pero no es así. Una voz en mi interior me decía que había algo más que eso, algo importante.
       ─¿Y qué es?
       ─Que la heroicidad del FSLN en los años setenta, que Fulgencio de seguro retrata muy bien en su testimonio, tiene continuidad en nuestra política exterior de hoy, no hay una sin la otra, y aunque median varias décadas, son la misma cosa, la diferencia es que ésta es la segunda etapa de la Revolución, y aquélla era la primera.
       ─Mi amor, estás inspiradísimo. ¡Qué bien te salió eso! (p, 68).

       Un segundo elemento interesante dentro de la obra es el carnaval que se complementa con la parodia expuesta anteriormente. Según Bajtin, lo carnavalesco es la categoría de la cultura no oficial, la que se aparta del ser y hacer de la ideología dominante para hacer escarnio y burla de sus rígidas estructuras, subvierte el universo social, ridiculiza las figuras autoritarias a través de personajes paródicos y esperpénticos. Lo carnavalesco puede presentarse en cuatro de sus variantes: el contacto libre y familiar entre la gente, la excentricidad, las disparidades carnavalescas y la profanación. En fin, el carnaval anula distancias, la posesión económica, el estamento social, las edades, las costumbres, los valores. Leamos:

      Entraron, y ahí estaba, acostada sobre un grueso colchón en una camita pequeña, lo que dificultaba apreciar su perfil humano certificado por los médicos del Hospital Escuela de León. Junto a la pared había un largo librero de madera de tres pisos completamente atiborrado de libros. “Sofía, esta señora quiere conocerte, se llama Emperatriz”, le dijo la pitonisa. La Primera Dama exhibió su sonrisa de protocolo, como si la criatura la estuviera viendo, y la saludó, un poco forzada, como si no creyera que fuera a oírla: “Hola Sofía”. Grande fue su sorpresa cuando de inmediato salió un quejido como si hubiera sido escuchada, y más aún, como si le hubiera respondido el saludo., (p, 189).

       También, la caricatura es un tercer elemento de la novela de Guillermo, la cual es usada como un retrato que exagera, minimiza o distorsiona la apariencia de un personaje o estamento de una sociedad reconocible en un momento de una nuestra historia cercana, pasada, presente o futura. Aquí en la obra, el novelista busca los rasgos particulares del personaje, los toma, los exagera o los minimiza, para causar cierto atributo cómico en la deformación de los rasgos conocidos. Tal es el caso del ministro de cultura a quien se le encomienda comunicar a los escritores una triste resolución del grupo. Leamos:

       Una vez finalizada la sesión formal de la hermandad, a las tres de la mañana de ese lunes la Primera Dama llamó a su celular a Francisco Bobadilla, el Ministro de Cultura, a quien instruyó sobre la resolución del CASER de cortar todos los beneficios gubernamentales a los escritores. Bobadilla respondió de mala gana, pero al solo escuchar la voz de Emperatriz, guardó la compostura, por menos habían despedido a varios funcionarios del gobierno, y ante el requerimiento que ella le hiciera, enumeró muy solícito algunas posibilidades de las que serían excluidos los intelectuales… (p, 243).

       Un cuarto elemento técnico dentro de la novela es la retrospección o analepsis, que se manifiesta a través del flash back ─breve regresión al pasado─ y el racconto ─extensa regresión al pasado─, que son dos formas de ir a lo ocurrido para regresar después al presente novelístico. En la obra se establece una breve regresión al pasado infantil de Persisterino Banderas el cual tuvo una gran influencia en relación con las lecturas de su formación inicial, la cual se manifiesta en miedos de la madurez y en sus actitudes frente a la sociedad a la cual ha dedicado sus labores de político. Observe:

       …y de pronto se encontró con su uniforme azul y blanco y sus indestructibles zapatones burros, entrando con su bulto de cuero sujeto a la espalda como las mochilas de hoy, que no existían en los años cincuenta del siglo pasado, al menos en el departamento de Chontales…
       ─Ahora le toca a Persisterino. Póngase de pie y lee en voz alta─ instruyó la profesora Fernada.
       ─¿Y qué es lo que voy a leer, profesora? ─dijo todo medroso.
       ─Cómo se le ocurre preguntar eso, Persisterino, ¿acaso usted anda en las nubes y no sabe sus deberes?
       ─Es que bueno… ─no supo qué decir, un poco avergonzado─.
       ─Tenía que traerme un resumen del prólogo de Don Quijote ─recordó la maestra.
       ─Es que se me olvidó ─dijo con dificultad y como pidiendo clemencia.
       ─Está bien, Persisterino, pero me lo trae mañana ─se apiadó la maestra, no obstante, le advirtió─: Usted va a ser el primero en pasar. Venga bien preparad. (p, 80)

      Un quinto elemento que quiero destacar en esta novela de Guillermo Cortés, se refiere a los paralelismos y combinación de estructuras gramaticales, una especie de juego verbal interno, introduciendo estructuras de un doble discurso,  apareados, uno tras otro, que rompen la estructura gramatical y ortográfica del discurso, pues salta puntos, comas y algunas letras mayúsculas prevalecen en su lugar, expresado apenas en un párrafo de la obra. Y me pregunto si esta forma discursiva interesante no era la mejor manera para escribir la novela de los escritores y sus profecías filosóficas y que a la vez hiciera juego con los misterios y las deducciones de Vortex en sus investigaciones. Escribe el novelista:

       El Coronel era un chilero tremendo y Fulgencio también, parecía que estaban en una competencia. Entre chiste y chiste, Vortex trasmitía el mensaje del Presidente. Pues Pepito estaba en clase y Persisterino es tu amigo, te quiere mucho Entonces la Maestra Le da mucha pena pero quisiera que el prólogo quedara igual Pepito le respondió a la maestra Si no fuera mucha molestia para vos y Pepino mencionó el órgano sexual Es como un favor que él te pide Y los compañeros de Pepito estaban muertos de risa De todas maneras me dijo que estás en completa libertad de La maestra se molestó al comienzo De publicarlo íntegro, como está o de borrar lo que no te gusta Pero después la maestra en carcajadas. (p, 71)   

       En fin, la novela de los escritores, titulada El Oráculo de la Emperatriz, de Guillermo Cortés Domínguez, es una obra sobre las relaciones del poder y la literatura donde esta última, manifiesta una gran trascendencia dentro de los estamentos de una sociedad injusta, pero que adquiere un gran significado en la pluma de sus artistas de la palabra, puesto que la palabra es un ser humano revelador que sueña, piensa, ama y se rebela contra las injusticias y las faltas de libertades de sus ciudadanos. Ahí, el grande y benefactor oficio de escritor que los seres humanos observan como el gran profeta de las cosas por venir con la voz de la justicia.

       Guillermo Cortés Domínguez ha tocado un asunto delicado, porque los poetas y los escritores en general, son muy peligrosos y, a veces, resulta más fácil saber dónde caerá fuego en este invierno, que saber por dónde te saldrá el poeta con la palabra en la mano, hincándote como si fuera una espada, porque sobre todo, el novelista nos lleva a la gran reflexión sobre la Nicaragua que queremos en este siglo.

Telica, 29 de julio, 2011.